lunes, 18 de marzo de 2019

La gallineta






La gallineta encontró un agujero en el corral. 
Por allí podía escapar, ¡por fin, la libertad!
Pero cuando miraba a través del cercado, 
no sabía adonde ir.

En el norte hacía demasiado frío;
en el sur, mucho calor.
En el este, países de leyenda,
en el oeste, monstruos horripilantes.

Iba hacia delante y le daba un pánico infernal,
pero si volvía atrás, encontraba el aburrimiento mortal.

Se quedó dando vueltas y más vueltas en el gallinero,
sin saber qué hacer.
Desde el agujero se veía, muy lejos, 
la playa y el azul del mar.

Y su corazón aventurero se preguntaba:
“¿Qué habrá más allá del mar?”
Pero cruzar el mar era imposible, 
pues la gallineta no sabía volar.

Por fin se atrevió a una cosa: 
¡se atrevió a soñar!

Y voló para adelante
y voló para detrás
y flotaba sin esfuerzo,
y corría sin parar…

Vio pájaros, gatos y liebres,
vio campos, vio rosas, vio amores,
vio un mundo nuevo
que la esperaba sin miedo.

Y descubrió que la vida,
la de verdad, estaba afuera.

Al despertar, sus patitas
la llevaron fuera del corral.

Allí encontró espigas de trigo,
la envolvió el perfume de la flor,
y supo en ese momento
que daba igual norte que sur,
este que oeste,
lo único que importaba era andar.

domingo, 11 de mayo de 2014

Unas aves del paraíso muy especiales, por Javier Merchante y sus alumnos






Hoy os traemos de nuevo el cuento Las aves del paraíso, recreado por Javier Merchante en un video-cuento interpretado e ilustrado por sus alumnos. Imaginaos la ilusión que nos ha hecho recibir esta sorpresa.
Nuestras felicitaciones a Javier Merchante por este trabajo y en especial a todo su equipo de artistas que han dado vida a nuestras aves del paraíso. ¡Ahora si que han echado a volar de verdad!

Los artistas que han hecho posible esta maravilla son los siguientes:
Reparto:
Títulos: Ángela Vasco y Paola Grau.
Narrador: Jesús Rosas.
Mamá: Ana Paula Colchero.
Flor 1: Marco Martínez.
Flor 2: Laura González.
Músicas: Popof y Sur (Jamendo).
Ilustraciones: Alumnas del C.P. Josefa Navarro Zamora, tutoría de 5º A. Curso 2.013/14: Ana Paula, Laura, Ángela y Paola.


No dejéis de visitarlo en El maestro cuentacuentos donde encontraréis muchos cuentos infantiles para ver y escuchar. Las aves del paraíso están aquí.



sábado, 19 de abril de 2014

Papá león



Hola, soy el león
el rey de la sabana.
Por la noche me gusta rugir
y a las cebras perseguir.

Por el día lo mejor,
una siesta entre la hierba
y bostezar con pereza,
bajo la acacia parasol.

Estoy casado
con tres leonas
guapas señoras,
no, no llevan melena
la melena la llevo yo.

Me gusta el pelo laaargo
mover los cabellos
de lado a lado.
Hay quien dice
que soy un presumido:
eso yo lo arreglo
con un buen rugido.

Tengo tres cachorros
ellos hacen corro
alrededor de su mamá.

Con ellos me gusta jugar,
si les muevo el rabo
lo quieren atrapar.

Con la zarpa muy flojito
les toco el hociquito
y les hago cosquillas
en sus barriguillas.

A veces son
un poco pesados,
se suben en mi lomo,
y eso es bastante cansado.

Si me doy un revolcón
sobre la hierba caen,
ese gran colchón.

Se ríen y se ríen
yo rujo de placer,
y ese mismo juego
jugamos otra vez.


domingo, 23 de marzo de 2014

Pluma Rota






Esta es la historia de un niño indio que no conseguía domar a los caballos. Cuando un caballo salvaje le miraba a los ojos, le conquistaba la libertad de su mirada y subía a su lomo vencido por ella, arrebatado el ánimo de luchar contra tan noble firmeza. Por supuesto, acababa en el suelo al primer brinco del animal. La última vez que subió a un caballo, se lastimó la pierna en la caída. Su padre, al verlo levantarse del suelo cojeando, se arrancó una pluma de su penacho y la ensartó en su cinta de cabello:
—Esta pluma te ayudará a remontar el vuelo. Desde hoy te llamaremos Pluma Rota y no tendrás que montar a caballo.

Él agradeció la decisión de su padre: prefería cuidar a los animales, guardarles el mejor heno, hacerlos correr por la pradera sin jinete, secar su sudor después de la carrera, peinar sus crines largas y eternas como la noche y mirarles a los ojos para descubrir ese ansia inacabable de libertad que nunca se borraba de ellos. Porque un caballo, aún después de domado, tiende a escapar de las bridas, debe ser montado regularmente o la tarea habrá sido vana y hay que domarlo de nuevo.

Un día, un caballo se rompió una pata. Todos querían sacrificarlo, incluso el Hombre medicina aconsejaba acabar con su sufrimiento. Pero Pluma Rota se hizo cargo de él, vendó y entablilló su pata, le preparó un lecho de plumas y le contó historias de caballos que habían galopado hacia las estrellas.

Al quinto día, el caballo se levantó. Seguía cojeando, pero podía andar. El caballo miró a Pluma Rota y le pidió con un relincho que montara sobre él. Pluma Rota subió en su lomo y el caballo trotó primero despacio, luego al galope y finalmente todo el poblado los vio emprender juntos el vuelo hacia las nubes.

Desde entonces llamaron al muchacho Pluma del Cielo. Y aunque no volvió al poblado, algunas noches los indios pueden verlo en los bordes de la aurora boreal, donde se agita la cola del caballo cojo con los colores de su pluma rota.

domingo, 9 de marzo de 2014

Mi dinosaurio en el jardín




El dinosaurio de la juguetería era precioso.
Un diplodocus de color verde,
con el cuello largo y un cuerpo enorme.
Ahorré céntimos y céntimos
en mi hucha de cerdito
y ayer me lo compré.

Lo dejé en el jardín un momento
y se comió las margaritas de papá.
Eran sus margaritas preferidas.
Aún tenía margaritas entre los dientes
cuando papá fue a regarlas.

Mi papá se puso rojo (de rabia),
yo me puse azul (tierra, trágame),
el dinosaurio siguió siendo verde,
pero le salieron puntos blancos
(debe de ser alérgico a los pétalos de las margaritas).
A mamá le entró la risa, cogió la regadera de papá
y regó al dinosaurio.

—¡Vigila a tu dinosaurio! —me riñó papá— ¡Acabará comiéndonos también a nosotros!
—No, papá, los diplodocus son vegetarianos.
—¡Pues ojito con los rosales!— dijo papá.

A partir de entonces, no dejo solo a mi dinosaurio ni un segundo.

Hasta duerme conmigo.
Solo le doy de comer las malas hierbas del jardín.

Papá está contento
(ya no tiene que quitar las malas hierbas)
y mi dinosaurio es feliz
(tiene un estómago agradecido).
A mamá le encanta el dinosaurio
(sigue teniendo puntos blancos).
Y yo tengo compañía todas las horas del día
(y de la noche).

* * *
Hoy le he dado fiesta a Juanlu y os he puesto un dibujito mío...

sábado, 22 de febrero de 2014

Serafín el delfín




Serafín era un delfín del océano Atlántico que todos los años pasaba por el estrecho de Gibraltar al mar Mediterráneo.
Pero de repente, al pasar por las islas Baleares se desató una tormenta color marengo con las intenciones de crear el caos. Relámpagos cayeron por el mar, se crearon sifones submarinos y remolinos que conducían al centro de la tierra. Serafín estaba muy asustado y se dijo a sí mismo:
—Hoy no es mi día.
Y apretó los dientes yendo a contracorriente para ponerse a salvo. Al día siguiente, Serafín estaba a salvo en una isla pero su cola se había quedado sangrando pero por suerte por allí cerca vivía un niño y el niño pidió socorro, le vendaron y luego se lo agradeció saltando y haciendo giros en el agua y en el aire.
Al día siguiente volvió con su familia y les dijo que se iban de viaje al Polo Norte.





Cuento y dibujo de Pablo Vindel Acedo (10 años), alumno de Miguel Angel Page.

domingo, 16 de febrero de 2014

Gato con guantes



Frido era un gato muy fino,
distinguido y señorial,
la elegancia de un minino,
lindo como una postal.

Las uñas quería tener
afiladas a más no poder.
Arañaba y arañaba
la madera en su rincón.
Y que no se estropearan,
era su gran preocupación.

Al ser tan elegante
él siempre usaba guantes.

Guantes blancos por el día
cuando salía a pasear,
guantes negros por la noche,
si con la luna iba a bailar.

Usaba guantes de goma
para fregar la vajilla.
Usaba guantes de seda
para limpiar su mejilla.

Con las patitas enguantadas,
protegidas, bien mimadas,
saltaba sin hacer ruido,
muy valiente y decidido.

Solo una cosa no podía
hacer con guantes jamás;
todo el mundo lo sabía
y él lo sabía aún más...

Pero un día se olvidó
y los guantes no se quitó.
Un ratón vio pasar
y se lanzó a cazar.

Sus patas resbalaron
sobre la piel del ratón,
los guantes se rasgaron
sin conseguir ni un mechón

Porque gato con guantes
no caza...
¡No caza ni un melón!