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sábado, 3 de abril de 2021

La ballena y el marinero

 



Hace mucho tiempo, una ballena se enamoró de un marinero. Lo vio un día asomado en la proa del barco, mirando por el catalejo. Le gustó su barba blanca, rizada como la espuma de mar; sus ojos verdes como las algas del fondo marino; su casaca y su gorra azules, como el mar por la noche, con los botones dorados como el sol.

Desde entonces la ballena sigue a ese barco allá donde va, sumergida bajo su sombra, siente que el marinero dirige su barco con valor. Sale a la superficie y lo mira bajo la luz del sol. Lanza su surtidor de agua al cielo solo para que él lo disfrute. Y coletea vigorosamente su aleta trasera para levantar olas que le salpiquen el rostro. Es su manera de darle besos, cariñosos besitos.

El marinero no sabe que ella está enamorada, pero a él también le gusta esa ballena. Cuando no la ve, la busca con su catalejo, tiene tantas ganas de que aparezca la ballena como ella de verle a él. Cuando está cerca le hace fotos y luego se las enseña a los marineros con orgullo:

—¡Mirad que ballena más preciosa!

Y al oír esas palabras, la ballena se hincha, se hincha, y baila, dando saltos alegres y grandiosos.

Al marinero le gustaría bailar con ella también.

Una noche de luna llena, la ballena le dice:

—Marinero, ¿te gustaría que escapáramos juntos, los dos muy lejos?

El marinero la escucha, pero no puede creer que ella le hable, mira a un lado y a otro, preguntándose quién ha hablado si él está allí solo.

—Soy yo, marinero, ¿quieres venir conmigo?

El marinero la mira y luego se vuelve a mirar a los otros marineros. Sabe que no puede abandonarlos, pero la ballena es hermosa y le está llamando y sabe que solo en una noche de luna llena como esta puede ocurrir la magia.

—Sí, quiero ir contigo.

Y salta a sus brazos y la ballena lo recoge en sus aletas y lo lanza sobre su lomo. Ahora el capitán tiene por barco una ballena y por destino el mar infinito. Y la ballena tiene un capitán que la quiere y la seguirá hasta el fin de los mares, esos que cuando terminan, vuelven a empezar.


jueves, 9 de abril de 2020

El año que luchamos contra el bicho con corona





Hubo un día en que llegó al mundo un bicho muy malo.
Era un bicho con corona, pero esa corona tenía unas puntas muy afiladas,
que pinchaban en la garganta y en los pulmones.
Con esas puntas se agarraba muy fuerte
y te hacía subir la fiebre y respirar fatal.

Era un bichito muy pequeño,
pero no estaba solo, había muchos, muchos como él.
El bicho primero se partía en dos
y esos dos en otros dos y luego en cuatro,
y luego en ocho y luego en diciséis y luego en treinta y dos….
Y cada unas de esas partes
se convertía en un bichito con corona.

Y los bichos saltaban de persona a persona,
porque los cuerpos de las personas eran su casa.
No podían vivir en el aire ni en la tierra,
necesitaban un cuerpo para alimentarse de él.

Por eso todos nos unimos
para luchar contra esos bichos con corona.
¿Sabes cómo?
Les cerramos la puerta de todas nuestras casas
y no dejamos que nadie paseara por las calles.
Nadie debía salir de casa.
Porque así el bichito no podría ir de un cuerpo a otro
y solo, solito en la calle, el bichito se moriría.

Además teníamos un arma muy importante:
¡Teníamos pistolas de jabón!
Si creías que podías haber estado cerca de los bichos
te disparaban un pistoletazo de agua con jabón
y frotabas bien, muy bien las manos y el cuerpo
hasta dejarlas limpias y relimpias.
El jabón ahogaba a los bichitos
y los mataba sin piedad.



En casa podíamos correr, saltar a la comba,
jugar a la pelota y leer libros,
salir a la terraza y ver el sol.
Cada tarde nos asomábamos a las ventanas
a aplaudir con nuestros vecinos
a los médicos y enfermeras
que cuidaban a los que se ponían malitos.

Y cuando acabamos con todos los bichos
nos juntamos en el parque y nos dimos la mano,
y bailamos en un gran corro con nuestros vecinos,
los mismos vecinos con los que aplaudíamos y hablábamos de ventana a ventana.

Desde entonces sabemos que siempre, juntos, venceremos a cualquier bicho.
aún más: juntos venceremos a cualquier enemigo.





domingo, 11 de mayo de 2014

Unas aves del paraíso muy especiales, por Javier Merchante y sus alumnos






Hoy os traemos de nuevo el cuento Las aves del paraíso, recreado por Javier Merchante en un video-cuento interpretado e ilustrado por sus alumnos. Imaginaos la ilusión que nos ha hecho recibir esta sorpresa.
Nuestras felicitaciones a Javier Merchante por este trabajo y en especial a todo su equipo de artistas que han dado vida a nuestras aves del paraíso. ¡Ahora si que han echado a volar de verdad!

Los artistas que han hecho posible esta maravilla son los siguientes:
Reparto:
Títulos: Ángela Vasco y Paola Grau.
Narrador: Jesús Rosas.
Mamá: Ana Paula Colchero.
Flor 1: Marco Martínez.
Flor 2: Laura González.
Músicas: Popof y Sur (Jamendo).
Ilustraciones: Alumnas del C.P. Josefa Navarro Zamora, tutoría de 5º A. Curso 2.013/14: Ana Paula, Laura, Ángela y Paola.


No dejéis de visitarlo en El maestro cuentacuentos donde encontraréis muchos cuentos infantiles para ver y escuchar. Las aves del paraíso están aquí.



sábado, 19 de abril de 2014

Papá león



Hola, soy el león
el rey de la sabana.
Por la noche me gusta rugir
y a las cebras perseguir.

Por el día lo mejor,
una siesta entre la hierba
y bostezar con pereza,
bajo la acacia parasol.

Estoy casado
con tres leonas
guapas señoras,
no, no llevan melena
la melena la llevo yo.

Me gusta el pelo laaargo
mover los cabellos
de lado a lado.
Hay quien dice
que soy un presumido:
eso yo lo arreglo
con un buen rugido.

Tengo tres cachorros
ellos hacen corro
alrededor de su mamá.

Con ellos me gusta jugar,
si les muevo el rabo
lo quieren atrapar.

Con la zarpa muy flojito
les toco el hociquito
y les hago cosquillas
en sus barriguillas.

A veces son
un poco pesados,
se suben en mi lomo,
y eso es bastante cansado.

Si me doy un revolcón
sobre la hierba caen,
ese gran colchón.

Se ríen y se ríen
yo rujo de placer,
y ese mismo juego
jugamos otra vez.


domingo, 23 de marzo de 2014

Pluma Rota






Esta es la historia de un niño indio que no conseguía domar a los caballos. Cuando un caballo salvaje le miraba a los ojos, le conquistaba la libertad de su mirada y subía a su lomo vencido por ella, arrebatado el ánimo de luchar contra tan noble firmeza. Por supuesto, acababa en el suelo al primer brinco del animal. La última vez que subió a un caballo, se lastimó la pierna en la caída. Su padre, al verlo levantarse del suelo cojeando, se arrancó una pluma de su penacho y la ensartó en su cinta de cabello:
—Esta pluma te ayudará a remontar el vuelo. Desde hoy te llamaremos Pluma Rota y no tendrás que montar a caballo.

Él agradeció la decisión de su padre: prefería cuidar a los animales, guardarles el mejor heno, hacerlos correr por la pradera sin jinete, secar su sudor después de la carrera, peinar sus crines largas y eternas como la noche y mirarles a los ojos para descubrir ese ansia inacabable de libertad que nunca se borraba de ellos. Porque un caballo, aún después de domado, tiende a escapar de las bridas, debe ser montado regularmente o la tarea habrá sido vana y hay que domarlo de nuevo.

Un día, un caballo se rompió una pata. Todos querían sacrificarlo, incluso el Hombre medicina aconsejaba acabar con su sufrimiento. Pero Pluma Rota se hizo cargo de él, vendó y entablilló su pata, le preparó un lecho de plumas y le contó historias de caballos que habían galopado hacia las estrellas.

Al quinto día, el caballo se levantó. Seguía cojeando, pero podía andar. El caballo miró a Pluma Rota y le pidió con un relincho que montara sobre él. Pluma Rota subió en su lomo y el caballo trotó primero despacio, luego al galope y finalmente todo el poblado los vio emprender juntos el vuelo hacia las nubes.

Desde entonces llamaron al muchacho Pluma del Cielo. Y aunque no volvió al poblado, algunas noches los indios pueden verlo en los bordes de la aurora boreal, donde se agita la cola del caballo cojo con los colores de su pluma rota.

domingo, 9 de marzo de 2014

Mi dinosaurio en el jardín




El dinosaurio de la juguetería era precioso.
Un diplodocus de color verde,
con el cuello largo y un cuerpo enorme.
Ahorré céntimos y céntimos
en mi hucha de cerdito
y ayer me lo compré.

Lo dejé en el jardín un momento
y se comió las margaritas de papá.
Eran sus margaritas preferidas.
Aún tenía margaritas entre los dientes
cuando papá fue a regarlas.

Mi papá se puso rojo (de rabia),
yo me puse azul (tierra, trágame),
el dinosaurio siguió siendo verde,
pero le salieron puntos blancos
(debe de ser alérgico a los pétalos de las margaritas).
A mamá le entró la risa, cogió la regadera de papá
y regó al dinosaurio.

—¡Vigila a tu dinosaurio! —me riñó papá— ¡Acabará comiéndonos también a nosotros!
—No, papá, los diplodocus son vegetarianos.
—¡Pues ojito con los rosales!— dijo papá.

A partir de entonces, no dejo solo a mi dinosaurio ni un segundo.

Hasta duerme conmigo.
Solo le doy de comer las malas hierbas del jardín.

Papá está contento
(ya no tiene que quitar las malas hierbas)
y mi dinosaurio es feliz
(tiene un estómago agradecido).
A mamá le encanta el dinosaurio
(sigue teniendo puntos blancos).
Y yo tengo compañía todas las horas del día
(y de la noche).

* * *
Hoy le he dado fiesta a Juanlu y os he puesto un dibujito mío...

domingo, 16 de febrero de 2014

Gato con guantes



Frido era un gato muy fino,
distinguido y señorial,
la elegancia de un minino,
lindo como una postal.

Las uñas quería tener
afiladas a más no poder.
Arañaba y arañaba
la madera en su rincón.
Y que no se estropearan,
era su gran preocupación.

Al ser tan elegante
él siempre usaba guantes.

Guantes blancos por el día
cuando salía a pasear,
guantes negros por la noche,
si con la luna iba a bailar.

Usaba guantes de goma
para fregar la vajilla.
Usaba guantes de seda
para limpiar su mejilla.

Con las patitas enguantadas,
protegidas, bien mimadas,
saltaba sin hacer ruido,
muy valiente y decidido.

Solo una cosa no podía
hacer con guantes jamás;
todo el mundo lo sabía
y él lo sabía aún más...

Pero un día se olvidó
y los guantes no se quitó.
Un ratón vio pasar
y se lanzó a cazar.

Sus patas resbalaron
sobre la piel del ratón,
los guantes se rasgaron
sin conseguir ni un mechón

Porque gato con guantes
no caza...
¡No caza ni un melón!


domingo, 9 de febrero de 2014

El pez que quería volar como las mariposas

Donde hay un sueño, hay un camino.
Proverbio africano




Había una vez un pequeño pez que quería volar como las mariposas. Cada vez que ellas revoloteaban sobre el estanque, se las quedaba mirando embobado. Soñaba con extender sus aletas y elevarse con ellas por el cielo hasta alcanzar las nubes. Pero aunque saltaba sobre el agua y agitaba desesperadamente sus aletas, volvía a caer al agua.




Un día, una mariposa estaba sorbiendo agua con su espiritrompa en la arena húmeda junto a la orilla. El pez se acercó a ella y le preguntó:
—Mariposa, ¿puedes decirme cuál es el secreto para volar?
La mariposa lo miró extrañada y contestó:
—No es ningún secreto. Todas las mariposas saben como hacerlo: agitamos las alas suavemente y volamos sin pensar.
—Pero yo soy un pez y solo tengo estas aletas. ¿Cómo puedo volar yo?
La mariposa se rió con unas carcajadas chiquititas y punzantes como gotitas de lluvia helada y exclamó:
—¡Un pez no puede volar!
El pez se puso triste, pensó que la mariposa se burlaba de él por no saber volar. Se dio media vuelta, y ya se iba a marchar cuando la mariposa le dijo:
—¡Espera, pez! ¡No quería enfadarte! Muchas veces te veo en el estanque y me digo: ¡Ojalá pudiera nadar como ese pez!
—¡Deja de tomarme el pelo! —respondió ofendido el pez.
—Es cierto, pez. Las mariposas, solo podemos vivir en el aire. El agua es un paraíso prohibido para nosotras. Es maravilloso ver cómo tú te deslizas con suavidad en el agua, y das saltos fuera de ella, y luego vuelves a zambullirte de cabeza.

—Ven conmigo, yo te llevaré al fondo del estanque. Pero te aseguro que no es nada interesante…
—¿Que no es interesante? —replicó la mariposa—. Cómo me gustaría sumergirme en el estanque y sentir el agua acariciando mi cuerpo y ver a tus otros hermanos peces de colores tan hermosos y correr bajo ella como un torpedo… Pero si me meto en el agua, mis alas se empaparán, mis traqueas se llenarán de agua y me ahogaré. Yo no puedo nadar y tú no puedes volar, querido amigo.
Los dos se quedaron callados, pensativos.
—Quizá con la ayuda de unas cuantas amigas pueda ayudarte… —exclamó de repente la mariposa.
Y salió volando, tan alegre como siempre en busca de más mariposas.
Regresó con un montón de amigas que llevaban una red en sus patas.
—¡Te vamos a llevar entre todas a dar un paseo volador! —exclamó la mariposa.
Hicieron saltar al pez dentro de la red, cuando ya lo tenían dentro, y bien sujeto le dijo:
—¿Estás preparado?
—Sí —dijo el pez—. Pero como yo no puedo respirar fuera del agua, cuando ya no pueda aguantar más la respiración moveré la cola y me soltáis al agua, ¿vale?
—De acuerdo, pez. Coge mucho aire. ¡Una, dos y… tres!
Las mariposas cogieron los extremos de la red, batieron sus alas a la vez y se elevaron despacio, portando al pez sobre el estanque. El pez se sintió ligero, volaba como por arte de magia. Era tan hermoso verlo todo desde lo alto: el estanque con sus hermosas flores de loto y las ramas de los árboles y sus hojas, y las flores de la orilla… Las cosas se alejaban y se veían más pequeñas al elevarse. Y todo tenía un color diferente visto desde fuera del agua. Y miró hacia arriba y contempló las nubes, que todavía estaban lejos.
—Nosotras tampoco podemos tocar las nubes, ¿eh? —le dijo la mariposa guiñándole un ojo.
Fue un paseo muy breve, porque enseguida le faltó el aire, y empezó a colear agitado. Las mariposas soltaron las puntas de la red y el pez se zambulló de cabeza al agua.
Regresó a su hogar, fresco y seguro, tan contento que les agradeció entusiasmado:
—¡Gracias, mariposas, por ayudarme a conocer la maravillosa experiencia de volar!
Las mariposas, aunque cansadas por el esfuerzo, se reían al verlo feliz.

* * *

La mariposa venía a ver al pez todas las tardes y le pedía que le contara cosas del fondo del estanque. A partir de entonces, el pez empezó a fijarse bien en los seres y objetos que lo rodeaban para hablarle de ellos a la mariposa. Y se dio cuenta de que era un mundo muy hermoso. Como lo veía todos los días, no había sabido apreciarlo hasta entonces. Deseaba que la mariposa pudiera conocer también su mundo acuático como él había conocido el suyo del aire. Pero dentro del agua la mariposa moriría, así que solo podía contarle cómo era la vida en el estanque.
Al cabo de unos días el pez encontró una botella en la orilla. Era completamente transparente y enseguida una idea se iluminó en su cabeza. Cuando vino la mariposa, le dijo que con esa botella podría llevarla a dar un paseo subacuático.
La mariposa aceptó la idea encantada. Metieron unas cuantas piedras en la botella, para que no flotara. La mariposa se introdujo dentro de la botella, el pez cerró bien el tapón y la metió dentro del agua. El pez empujó la botella y la llevó por todo el fondo del estanque. La mariposa descubrió allí a los renacuajos regordetes, los tallos enredosos de las hojas del loto, los rayos del sol que traspasaban el agua iluminando las algas, esa luz difuminada que creaba un mundo de fantasía. Dentro de la botella admiró el color brillante de las piedras mojadas, los alegres peces payaso, los cangrejos de río, y las tortugas que nadan en el agua mucho más elegantemente que cuando andan por la tierra. Miraba todo aquello encantada.
Cuando llegó la noche, el pez empujó la botella fuera del agua y abrió el tapón. La mariposa revoloteó emocionada a su alrededor.
—Ha sido maravilloso conocer tu mundo, pez, muchas gracias. Nunca olvidaré esta tarde en el estanque.
—Lo mismo que yo nunca olvidaré mi paseo volador —contestó el pez.    

sábado, 18 de enero de 2014

Las aves del paraíso





Mamá le regaló a papá una planta con un par de flores muy hermosas.
—Se llaman aves del paraíso —nos dijo mamá—, porque como veis, sus flores parecen un ave con su pico y con unas plumas que coronan su cabeza.
Yo me quedé asombrado, porque realmente las flores eran igualitas a dos pájaros con el cuello muy largo. Me parecía que en cualquier momento, echarían a volar, con esas hojas verdes que eran como alas.
Papá leyó que la planta debía estar en un lugar soleado y la colocó junto a la ventana.
A mí me gustaba mirar aquellas aves tan preciosas todos los días.
—¡Eh, tú! ¿Qué miras?
Me pareció que era una flor la que había hablado.
—No seas maleducado, ¿no ves que el niño está admirando mi belleza? —dijo la otra flor
Yo asentí con la cabeza, boquiabierto.
La primera flor que había hablado replicó:
—Perdona, pero está admirándome a mí.
—Sois muy bellas las dos —les dije, porque era verdad, y porque no quería que se enfadaran.
—Eso es ser diplomático, muchacho —dijo la segunda flor—. ¡No como tú, maleducado, que pareces un gamusino!
—¿Gamusino yo?
—Las dos sois prácticamente idénticas —les dije para apaciguarlas.
—¿Idéntica a esta? —dijo la primera y ayudada por el viento picoteó en la cabeza a su compañera.
—¿Y yo, como este gamusino? —se volvió la otra, dispuesta a atacar.
Las separé, no paraban de pelear…
—Sois aves del paraíso —les dije— y deberíais hacer honor a vuestro nombre, con un poco más de elegancia y buen estar —les reprendí.
—En realidad somos un ave del paraíso con dos cabezas, muchacho. Compartimos las mismas hojas y no podemos separarnos.
—¡Sí, sieeeeempre juntas! —lamentó la otra flor, poniendo los ojos en blanco.
—Como somos aves, podríamos ser tus mascotas.
—Las mascotas deben tener un nombre, ¿no?
Tenían razón, debía buscar un buen nombre para ellas. Pensé un poco…
—Como sois Aves del Paraíso, os llamaré Adán y Eva.
—Yo quiero ser Eva.
—No, Eva seré yo…
—¡Basta, lo echaremos a suertes! –exclamé, harto de tanta discusión. Y a la de la izquierda le puse Adán y a la otra, Eva.

* * *

Al día siguiente, Eva se quejó de que hacía mucho calor.
Iba a alejarlas un poco de la ventana, cuando Adán protestó:
—Pero a mí me encanta tomar el sol… ¡Se está tan calentito!
Decidí echar la cortina y las dos parecieron estar a gusto así. Después, Adán dijo que tenía sed.
La tierra estaba bastante seca, así que traje la regadera. Cuando les eché agua fue Eva la que protestó:
—¡Basta, basta, el agua está muy fría!
Me puse muy serio:
—¡Necesitáis agua y sol para vivir! Así que seguiréis aquí junto a la ventana y os regaré todos los días.
No era fácil cuidar una planta tan complicada, con dos cabezas parlantes.
Por fin oí a Eva decir muy bajito:
—La verdad es que esta agua está muy rica y fresquita sienta muy bien.
—¡Buf! da gusto cuando las dos estáis de acuerdo. ¿No habéis pensado que para vivir juntas tenéis que tratar de llegar a acuerdos?
—¡Brrr! —exclamó Eva.
—¡Pfff! —le contestó Adán.
Y las cabezas de Adán y Eva se dieron la espalda, mirando una al este y la otra al oeste. 






* * *

Pero a pesar de todo el trabajo que me daban aquellas flores y de sus eternas discusiones, era maravilloso verlas con esos colores tan preciosos. Seguía mirándolas embobado. Otra vez Adán volvió a decirme:
—¿Por qué nos miras así?
—Creo que un día saldréis volando por esa ventana. Solo tenéis que mover las hojas, y volaréis.
—¿Tú crees?
—Sí. ¿No os gustaría volver al Paraíso?
—¿Y qué es eso del Paraíso?
—Era el jardín más hermoso del mundo. Donde vivían todos los animales y las plantas en paz y armonía. De allí vinieron Adán y Eva. De allí salió esta planta con vuestras dos cabezas.
Adán y Eva se miraron.
—Pero tenemos que aletear muy fuerte, para despegar de esta maceta y volar —dijo Eva.
—¿Y como encontraremos el camino al Paraíso? —dijo Adán.
—Si aleteáis juntas y sin discutir, lo encontraréis.
—¿Y si lo intentamos? —dijeron al unísono, entusiasmadas. Deseaban ser libres, escapar de esa maceta.
Ellas empezaron a mover las hojas. Parecían alas de verdad. Yo abrí la ventana.
Aquel pájaro con dos cabezas salió volando por la ventana.
Y volaron, volaron muy lejos, hasta perderse detrás de las nubes.
Por una vez, se pusieron de acuerdo en el camino a seguir.
Porque Adán y Eva querían volver al Paraíso.

A veces miro a lo alto de un árbol y las veo allí. Siguen discutiendo. Pero cuando vuelan, lo hacen juntas y en armonía. Entonces, alcanzan el paraíso.
 

A mamá y a papá también les gusta verlas volar.

sábado, 11 de enero de 2014

El pez que se tragó el mar


Antón era un niño naúfrago en una isla desierta.
Cada día tiraba una botella con un mensaje dentro para que vinieran a salvarle. Pero nadie había encontrado las botellas o si alguien las encontró, no había hecho mucho caso.
Un día, mientras Antón estaba nadando en la playa, se acercó a la costa un pez enorme. El pez comenzó a tragar agua y más agua. Antón trató de nadar de vuelta a la orilla, pero no pudo escapar porque el pez se tragó el mar entero, con Antón dentro.
Aquel pez se tragó todos los mares del mundo.


Entonces se dio cuenta de que sin agua, no podía respirar.
Y echó con mucha fuerza el mar fuera de sí y también a Antón.
Se produjo un gran maremoto, pero no se rompió nada. Las olas llegaron a las casas, las acariciaron y regresaron a formar el mar. Y el pez pudo respirar otra vez.

Fue una de esas grandes olas la que devolvió a Antón junto a mamá y papá.


lunes, 6 de enero de 2014

Los regalos del camello

El camello protestó al rey Gaspar:
—¡Estoy cansado de cargar con tantos paquetes! ¡No puedo llevar tanto peso!
—No seas perezoso. Los niños piden juguetes grandes…
—¡Juguetes grandes y pesados! Nos explotáis a los camellos. ¡Haremos huelga! —dijo el camello cruzándose de patas.


El rey Gaspar se impacientó y le amenazó:
—Mira que no te daremos de comer...
—¡Podríais llevar los juguetes en camiones y dejarnos en paz a los camellos! —volvió a gritar el camello.
Ante esta sugerencia los tres reyes se llevaron las manos a la cabeza:
—¡Vaya ideas que se te ocurren!—clamó Melchor—. Es tradición que los camellos lleven los regalos a los niños.
—¡Imagínate qué facha haríamos conduciendo camiones, con estos trajes y estas coronas! —insistió Gaspar.
—Pero si deberías estar orgulloso de tu trabajo —añadió Baltasar para convencerlo—: vas cargado de felicidad para los niños, piensa en ellos.
—¡Que piensen los niños en nosotros! Deberían pedirnos cosas más prácticas y ligeras.
—¿Jerseys, pantalones, mochilas para el cole? Eso también es pesado —apuntó un paje.
—No me refiero a eso. Hay cosas que los niños necesitan más que los juguetes y la ropa.  Yo pensaba en cariño, amor, abrazos… Jugar pero sin juguetes, en la calle, con sus padres y con sus amigos. Eso es lo que me gustaría llevarles a los niños: algo que no pese en mi lomo, pero que deje un gran peso en sus corazones.

Los tres reyes se miraron. El camello tenía razón. Había cosas mucho más importantes que los juguetes.
—Está bien, llevarás esta noche un cargamento especial: un montón de besos y abrazos y sonrisas… ¿Serás capaz de llevar todo eso?
—¡Estoy lleno de todo eso!

Cuando aquella noche los tres Reyes Magos partieron a llevar los juguetes a los niños, el camello iba más feliz que una perdiz. Era el último en la fila de los camellos y caminaba ligero con su cargamento de besos y amores, casi parecía que iba a tocar el cielo en cada paso.


Entraba en las casas cantando muy bajito una canción. Con ella dejaba enredados en los cabellos de los niños amorosos regalos:



También se acercaba a la cama de sus padres y les dejaba:



Y de debajo de todas las camas se llevó:


Después, el camello se bebía el agua y se comía los dátiles que le habían dejado los niños y marchaba a dejar sus regalos en otra casa.

Al despertar, los niños y los papás saborearon juntos los besos del camello. En sus oídos sonaba su canción. Al oírla, les entraban ganas de ponerse a cantar y bailar. Niños, papás, abuelos  y tíos se cogieron de la mano para jugar al corro mientras cantaban:

Cada día, un abrazo,
cada noche, un beso,
¡pero uno por lo menos!
hacen a los niños buenos.

Regala tu sonrisa
y nunca tengas prisa
de vivir y disfrutar
una buena amistad.

Vamos a jugar juntos
y olvidar malos asuntos:
un cuento y un balón
alegrarán tu corazón.

Y recuerda:
Cada día, un abrazo,
cada noche, un beso,
¡pero uno por lo menos!
hacen a los niños mucho, mucho más buenos.




* * *

¡Felices Reyes Magos!

Si pegáis este cuento en un documento word,
y ajustáis un poco las páginas
podéis imprimírlo
para vuestros niños.

Un regalo de Reyes
de parte de  Juanlu y Puri
con besos, cariños y amor

Y si queréis leer otra historia de un camello muy entrañable,
podés ver a la gran Gloria Fuertes
aquí

domingo, 22 de diciembre de 2013

Pikku Poro, el pequeño reno


Pikku-poro significa “pequeño reno” en finlandés.

El reno de Paula, la hija de Rosa


Pikku-poro era un reno pequeñito, pequeñito. Había nacido en primavera y su mami lo llevaba a comer hierba fresca a los mejores prados.
Cuando cayeron las primeras nieves, Mamá reno le contó que su abuelo Glous había tirado del trineo de Papá Noel para repartir los regalos en navidad a todos los niños.
—¡Yo también quiero ser un reno del trineo de Papá Noel! —exclamó Pikku-poro entusiasmado.
—Para eso debes comer mucha hierba durante varios inviernos para crecer y hacerte fuerte. Solo los mejores renos son elegidos por Papá Noel para volar con él.

Pero Pikku-poro no podía esperar, él quería ir ya, esa misma navidad, en el trineo de ese viejo barbudo vestido de rojo. Los renos mayores no dejaban de cuchichear entre ellos que pronto se celebrarían las pruebas en las que Papá Noel elegía cada año a los mejores para su trineo. Pikku-poro decidió presentarse él también, pero no se lo dijo a nadie.

Claro que viendo a todos aquellos renos, diez veces más grandes que él,  pensó que no lo conseguiría, tan pequeñito y delgaducho. Todos aquellos renos eran capaces de tirar de grandes trineos y de correr sin cansarse durante horas y horas.

Como estaba empeñado en ayudar a Papá Noel, no perdió la esperanza. Recordó que su padre decía eso de: “más vale maña que fuerza”. Quizá habría algo que él pudiera hacer que los renos grandes no supieran. Algo con lo que Papá Noel se fijaría en él.

Comenzó a pensar cuáles eran sus habilidades.
Podía cantar bastante bien.
Podía dar saltos y volteretas en el aire.
Pero eso estaba bien para un circo.
Podía entrar en las casas que tienen chimeneas muy pequeñas.
Claro, que para eso ya estaban los duendes y las hadas.

¡Si tuviera una nariz colorada y luminosa, como el gran Rudolf, el que guía el trineo de Papá Noel! 
¿Por qué su padre y su madre no le habían hecho con una nariz brillante? ¿Por qué? ¿Por qué?

Pensando y dándole vueltas a todo esto se había acercado a las casas del pueblo cercano. En el jardín de una de ellas había un árbol de navidad iluminado con luces de colores. Entonces se le ocurrió una idea: ¡Había que iluminar el trineo de Papá Noel con lucecitas! Eso le gustaría a Papá Noel, seguro. ¿Pero cómo? ¡Él ni siquiera tenía cuernos donde colgar las luces…!

Miró las ramas de los árboles desnudos y se dijo ¿por qué no…?
Con la rama de un árbol se hizo unos cuernos, que ató a su cabeza con una cuerda.
Tomó una ristra de luces del árbol de navidad y decoró con ellas sus nuevos cuernos.
Y aquel reno de cuernos artificiales adornados con luces, se dirigió trotando feliz a la explanada donde Papá Noel elegía los renos para su trineo.





* * *

Desde una pequeña aldea de Laponia le llegó a Papá Noel una carta de un niño que decía así:

Querido Papá Noel
Este año no voy a pedirte ningún juguete. Lo que quiero es un reno de tu trineo. Me gustaría volar con él y repartir juguetes a los niños.
Un abrazo,

                  Jouni

Papá Noel suspiró. Aquello era imposible, solo él podía repartir regalos, la magia era así. Cogió un reno de peluche y lo metió en el trineo con los otros regalos, aunque sabía que eso no era lo que Jouni esperaba.
Y con cierto pesar en el corazón, se dirigió a la explanada donde se reunían los renos. Aquella noche debía elegir a los mejores, los que formarían parte de su trineo.


Dibujo de Candela, la hija de Juanlu


* * *

Los renos golpeaban sus cuernos midiendo sus fuerzas. Papá Noel los observaba. Luego comenzaron las pruebas de tiro. Debían arrastrar un trineo cargado de piedras pesadas, pesadísimas. Muchos de ellos podían hacerlo y él debía elegir a los mejores.
¿Pero quién era mejor que otro?
¿El más fuerte?
¿El más hermoso?
¿El que corriendo parece que vuela?

Mientras estaba en esas cavilaciones, llegó Pikku-poro, con esos cuernos en los que se apagaban y encendían luces rojas, verdes, azules y amarillas, iluminando toda la explanada.
Papá Noel lo contempló entre extrañado y divertido. Papá reno, que participaba también en las pruebas, lo contemplaba sorprendido por su atrevimiento.

El pequeño reno se presentó:
—Buenas noches, Papá Noel. Soy Pikku-poro, nieto del gran Glous, que tiró de tu trineo hace muchos años. Yo también quiero formar parte de tu trineo este año y hacer felices a todos los niños.
—Como bien dice tu nombre, Pikku-poro, eres demasiado pequeño para tirar de un trineo. Espera a crecer y entonces te daré oportunidad de formar parte de mi equipo.
—Puedo hacer algo diferente para llevar la alegría a los niños. Mis cuernos iluminarán tu trineo —dijo moviendo los cuernos de ramas secas con sus luces brillantes.

Papá Noel sonrió. No solo eso, también se echó una enorme carcajada, de esas de papa Noel: ¡Jou, jou, jou…! Hacía mucho que no se reía tan a gusto.
— Pikku-poro, no necesito llevar un árbol de navidad en el trineo…
—Si no te gustan las luces, sé cantar bastante bien —insistió Pikku-poro y se puso a cantar:
—¡Navidad, navidad, dulce navidad…!

Papá Noel se reía, encantado por el empeño de aquel jovenzuelo.
Pikku-poro añadió muy nervioso:
—Y también puedo entrar en chimeneas pequeñas por las que tú no quepas. Y también…
—Desde luego, puedes hacer cosas que los grandes no pueden ni soñar hacer. Pero eres demasiado joven —insistió Papá Noel—, debes quedarte con tus padres. Es un viaje peligroso.
—¿Peligroso, yendo contigo? ¡Tu magia me protegerá! ¡Y repartiré regalos a todos los niños!

Aquel Pikku-poro enternecía el corazón de papá Noel. Le recordó al joven Jouni, que también quería ser como él, como Papá Noel. Ambos harían una buena pareja. Volvió a suspirar. Era la segunda vez que lo hacía aquella noche. A veces, los niños y los pequeños renos tenían unos deseos maravillosos que eran difíciles de cumplir.

—Pikku-poro, este año tu padre formará parte del tiro de mi trineo —dijo Papá Noel. Y cuando crezcas, tú también lo harás, te lo prometo. Porque tienes el espíritu auténtico de los renos de mi trineo: tú quieres repartir felicidad a los niños.

Pikku-poro volvió a casa triste y cabizbajo. Papá reno lo acompañaba. Estaba orgulloso de su hijo y trató de animarlo:
—Pikku-poro, Papá Noel siempre cumple su palabra: tú también serás un reno de papá Noel, pero debes esperar.
Pero Pikku-poro no quería esperar.
* * *

En nochebuena, Papá reno se vistió con un nuevo fajín rojo del que colgaban los cascabeles del abuelo Glous. Estaba guapísimo. Cuando Papá reno corría, los casacabeles del abuelo sonaban con la melodía de un villancico. Pikku poro lo miraba enfurruñado, dijo a Mamá reno que tenía sueño y que se iba a dormir.
Por la noche, Papá reno se despidió de Mamá reno con un beso antes de partir.

Pero Pikku-poro no se había ido a dormir. Era muy cabezota: si se había propuesto ir con Papá Noel, iría con él esa misma noche.
Se había marchado antes que su padre a la casa de Papá Noel. Encontró el trineo preparado en la puerta, cargado de juguetes y regalos. Era temprano todavía y nadie andaba por allí. Sin que nadie le viera, Pikku-poro sacó unos cuantos regalos del trineo, se metió en el hueco que había hecho y cubrió su cuerpo de nuevo con los paquetes. Ya estaba preparado para ir con Papá Noel.

Justo a tiempo, porque enseguida fueron llegando los renos. El primero que llegó fue su padre. Pikku-poro lo reconoció sin verlo, porque oyó los cascabeles del abuelo Glous. Aquel villancico en el tintineo de los cascabeles era inconfundible.

Los duendes engancharon a los animales al trineo, Papá Noel, se montó detrás para dirigirlo. Los renos empezaron a correr y salieron volando por el cielo en la noche estrellada del Polo Norte.
Al cabo de un rato, Pikku-poro empezó a sentirse muy agobiado ahí debajo, aplastado por tanto paquete. Además, el pelo de un peluche de reno se le metía en la nariz, haciéndole cosquillas. Sin poder aguantar más, estornudó: ¡Aaa-chís! ¡achís! ¡achís! Papá Noel tenía muy buen oído y enseguida lo oyó.
—¿Qué es eso? —se preguntó.
No recordaba que entre los juguetes hubiera muñecas que estornudaran. Intrigado, detuvo un instante el trineo y a los renos en el aire, como estatuas congeladas. Empezó a levantar paquetes y juguetes, hasta que encontró a Pikku-poro.
—¿Pero qué haces tú aquí? —preguntó bastante irritado.
—No te enfades conmigo, Papá Noel —dijo con una vocecilla temerosa Pikku-poro—, yo solo quiero ayudarte esta noche.
Papá Noel volvió a suspirar. Se preguntaba: “¿Y ahora qué hago yo con este pequeño incordio?”.

Pero entonces se acordó de nuevo de Jouni y su deseo de tener un reno para repartir regalos y se le ocurrió una idea para hacer realidad los sueños del niño y del pequeño reno.
—Está bien, Pikku-poro. ¿Sabes cuál es el primer paso para hacer felices a todos los niños?
—No —contestó Pikku-poro.
—El primer paso es hacer feliz a un solo niño. Depués de uno, harás felices a muchos más. Vas a tirar de un trineo, de un pequeño trineo a tu medida.

* * *
En casa del pequeño Jouni, Papá Noel dejó un disfraz de Papá Noel. Allí también dejó a Pikku-poro. Le puso un bonito lazo rojo en el cuello y le dijo:
—Pikku-poro, este niño desea ser Papá Noel y tú vas a ser el reno de su trineo. Llevarás a Jouni por el pueblo a repartir entre los niños este saco lleno de chuches.
Pikku-poro no podía estar más contento. ¡Iba a ser reno de Papá Noel, y tiraría de un trineo, él solo!

Papá reno se despidió de Pikku-poro:
—Sé que lo harás muy bien, porque tienes dentro de ti el espíritu de la navidad.
—Sí, papá.
—Quiero que lleves esto —añadió Papá reno arrancando de su faja roja un cascabel—. Tú también mereces un cascabel del abuelo— dijo y se lo colgó en la cinta roja de su cuello.

Por la mañana, Jouni encontró también esta carta junto a Pikku-poro:

Querido Jouni:
Entrena muy bien a Pikku-poro durante el día de Navidad, que corra a todas las casas de tu pueblo repartiendo todas las chuches de este saco. Porque si lo hace bien, cuando sea mayor, volará conmigo en Nochebuena a llevar la alegría a muchos niños como tú.

Un abrazo,
                        Papá Noel



Jouni casi no podía creerlo: ¡iba a ser Papá Noel el día de Navidad!


 Pikku-poro y Jouni pasaron la mañana de Navidad en el trineo y llevaron a todos los niños del pueblo montones de caramelos, chocolates y chucherías. Y la felicidad de los amigos de Juoni, llenó el corazón de Pikku-poro.